
El domingo es el
día del padre. Hay que comprar un regalo. Qué se le puede comprar a un tipo al
que lo único que le interesa es la Filosofía.
Durante el transcurso de su vida, mi viejo ha tenido unos pocos hobbies:
jugó al tenis y al ajedrez , estudió (muchísima) filosofía, escuchó
conciertos colgado de la última lamparita del Colón. Por ese entonces existía un abanico de posibilidades para regalar : hemos
inundado la casa de pelotitas Dunlop y de distintas versiones de las sinfonías
de Beethoven: en disco, cassette y CDís según pasan los años. Intentamos,
con diversa suerte, biografías de ajedrecistas famosos, y algunos
otros libros dedicados al tema . En los períodos menos imaginativos le
hemos regalado algunos sweaters pero permanecieron
doblados en el estante correspondiente soñando con la eternidad.
El
tiempo ha pasado y mi viejo ya no juega al tenis, podría pero le da fiaca, ni
al ajedrez, tuvo que dejarlo porque le hacía mal a su úlcera, ni concurre tan
fecuentemente al Colón, aunque creo
que ahora va a los que organiza la Facultad de Derecho los sábados por la
noche. Eso sí, continúa
cultivando el arte de la Filosofía. La apuesta obvia es entonces, comprémosle
un libro de Filosofía. Ahí es
donde empieza la dificultad de tener un padre filósofo con un pensamiento
irreductible. O expresado de un modo más simple, nunca sabemos si la vamos a
pegar.

Durante mucho tiempo creímos que las únicas máquinas de generar conocimiento eran la poderosa lógica deductiva, y las no menos convicentes herramientas inductivas. Curiosamente con lo importante que son ambas, difícilmente cualquiera de ellas pudiera dar cuenta de la novedad, de la innovación y de la generación de diferencias. Entra aquí a tallar una nueva forma de operar con las ideas que fuera denominada por el filósofo norteamericano
El domingo 25 de Febrero de 1996 murió Eggers Lans. Demasiado joven para un filósofo, demasiado viejo para alguien que tuvo que convivir con las barrabasadas que este país comete a diario. Todavía me acuerdo de los primeros garabatos que Eggers hizo en el pizarrón en 1968 cuando Filosofía y Letras había emigrado de su cuna en la mítica manzana creativa de Viamonte y San Martín (adonde todavía ahora está el rectorado), a un repelente ex-convento en Independencia y Urquiza, en una afeada zona de Buenos Aires.