Pasaron pocas horas desde el gran cierre gran y los que estuvimos el pasado martes 11 de Noviembre (especialmente acompañados por nuestros colegas provenientes de regiones inhóspitas 🙂 como Iguazú, San Pedro y Arostóbulo del Valle) seguimos en modo Flow.
Hubo cierres de cursada anteriores más masivos -aunque cuando iniciamos el evento el martes fuimos cerca de 120 personas-, quizás algunos fueron más espectaculares, tal vez esta vez no haya sido tan sorprendente como aquellas (especialmente la primera en 2022), pero también en esta versión hubo algo distinto. Algo más íntimo, algo más generoso.
“Al principio de la clase hablamos de la charla de Monks en el evento de encuentros de diseño y cómo utilizaban la IA para realizar campañas con empresas grosas. Esa charla me había generado un vertigo inmenso más que sorpresa o adoración, el mismo vertigo me dio cuando hablamos de la cantidad de planetas, estrellas y galaxias que existen. Me agarró un vacío en el pecho que fue el mismo que con los de Monks, la verdad no se que pensar pero da un poco de miedo. Fue una gran clase». (Marcos)
Un concepto que viene del rating televisivo no debería aplicarse a las sacrosantas actividades universitarias. Pero, como a diferencia de tanta manualística inútil, lo que mide la potencia pedagógica no es exclusivamente la calidad o la novedad de los contenidos, ni las habilidades y actividades cada vez más difíciles de diseñar (en un mundo dominado por el asombro solo frente a lo artificial), sino la temperatura emocional habrá que barajar y dar de nuevo.
Cuando queremos evaluar (es decir que nos evalúen) para saber cuan “buena” estuvo una clase, lo que debemos anteponer a cualquier otra métrica es la opinión, la atención, la concentración, los ojos brillantes de los estudiantes: «¿Quién estoy siendo si los ojos de mis alumnos no brillan? como bien dice el director de Orquesta Benjamim Zander.
Todo empezó como un chiste y se convirtió en un ícono. Aunque se trató de un mero recordatario reflejando donde los padres fundadores de «la» compañia estaban disfrutando de un evento, el trasfondo daría para mucho mas. El primer Doodle de la historia estuvo dedicado a Burning Man.
Tres años mas tarde, en 2001, Larry Page y Sergein Brin, los fundadores de Google se dieron cuenta de que no podían basar solamente las contrataciones de su ascendente compañia en parámetros objetivos -por mas descabellados que fueran y lo serían cada vez mas (Bock, 2015). La junta de Google había decidido que la compañía se estaba haciendo demasiado grande para ser dirigida por dos hombres que aún no llegaban a la treintena.