
Mas de 4 decadas atrás nos atravesó un libro canónico: La conquista de América. La cuestión del otro de T. Todorov, Tanto que nuestra reseña de entonces que fue escrita y publicada en la revista de CLACSO David y Goliath nº 54 por algún motivo insólito no figuró en ninguna de nuestras compilaciones publicadas a partir de 1995 (empezando con Ciberculturas de ese año).
Mostrando como la circularidad del tiempo siempre está presente aunque habíamos hablado del contacto entre extraterrestres y humanos en varios oportunidades en Escenarios de Futuro, nunca habíamos conjuntado a los aztecas con los extraterrestres.
Ello ocurrió ayer inspirados por la metáfora de ese primer encuentro irreproducible cuando Cortes y Moctezuma en la calzada que entraba a Tenochtitlán, en el cruce de las actuales calles Pino Suárez y República del Salvador por fin se vieron las caras (y las coronas) el 8 de noviembre de 1519. El evento inicial fue ceremonial, con ambos líderes saludándose con respeto, y culminó con la instalación de los españoles en el palacio de Axayácatl y el inicio de un período de convivencia tensa en la ciudad, tal como intenta recrearla Matthew Réstall (6)
El resto fue una historia que nada tiene que ver con la oficial. Todorov casi medio siglo antes que Réstall propuso una hipótesis llamativa: la victoria semiológica.
¿De qué estamos hablando?
Sirenas, amazonas y visiones del paraíso se agolpan en las páginas del Diario de Colón. Nos sorprenden estas referencias al contrastar con su meticulosa capacidad para leer «científicamente» -es decir como lo haríamos nosotros hoy- las maravillas naturales del Nuevo Mundo. ¿A qué debemos atribuir esta visión dual? ¿Cómo pudo ser tan «vidente” el almirante al leer las relaciones entre las cosas y tan opaco a entender las relaciones entre las personas?
Al recrear un universo mítico Colón se estaba moviendo con una estrategia finalista de interpretación, semejante a la utilizada en la exégesis bíblica: en ambos casos el sentido total está dado desde siempre y lo único que queda por hacer es reconstruir el camino que lleva del sentido inicial -del texto u observación- a ese significado último. Lo que hace posible el contraste aludido, volviéndolo tan interesante a nuestra mirada, es que Colón sólo utilizó esta estrategia interpretativa cuanta vez se refirió a los nativos.
Las confusiones y los equívocos -muchas veces trágicos- a los que llevó la imposibilidad de aprehender al indígena como un alter ego [=alguien como nosotros] fueron enormes -aunque Colón difícilmente pudiera darse cuenta de ello. Sólo así pudo escribir: «( … ) según lo que entendí de los Indios la isla de Cuba es muy grande, de gran comercio. muy provista de oro y especies, visitada por grandes navíos«; para decir a continuación «( … ) pero yo no entiendo el idioma de los indios (24/10/1492)».
Lo que Colón ªescucha” es lo que está ªescrito” en los libros de Marco Polo que devorara antes de partir de España. Si el Almirante tiene dificultades en su comunicación humana, pero no asi con la naturaleza, es porque, en el fondo, ésta le interesa poco, como se trasluce en el autoritarismo y condescendencia con que trata a los indigenas, la falta de prurito en cuanto a alienar la voluntad de los otros -llevándose una docena de ellos, al azar, a España, para que aprendiesen a hablar (sic)-; su fascinación por las nuevas tierras en detrimento de los nuevos hombres. En el sistema categorial y existencial del Almirante éstos no tendrán cabida. Apenas tres décadas más tarde Hernán Cortés hace su entrada en escena con un comportamiento harto distinto al de Colón. El conquistador, a diferencia del genovés, será sensible al hecho de que los procesos comunicativos se producen a lo largo de dos ejes distintos: ya sea que tengan lugar entre hombres y cosas, que es la especialidad indígena, o entre hombres -pero no mujeres-que es la especialidad española.
Es a partir del reconocimiento de esa doble función del lenguaje, y de cómo interferir y simular la forma de comunicación entre los otros -lo que en alguna medida supone conocerlos y/o aceptarlos-, desde donde conviene revisar el mito que atribuye a Colón el haber descubierto América cuando en realidad fueron los grandes conquistadores -y entre ellos Cortés a la cabeza- quienes la inventaron. América, no fue descubierta. El nuevo continente:»( … ) apareció no ciertamente como el resultado de un descubrimiento que hubiera exhibido de un golpe un supuesto ser misteriosamente alojado, desde siempre y para siempre en las tierras que halló Colón, sino como el resultado de un complejo proceso ideológico que acabó por concederles un sentido peculiar y propio, el de ser la cuarta parte del mundo” (1)
Esta invención tuvo lugar en dos planos: el historiográfico -del que no nos ocuparemos acá-y el «pragmático», que si es nuestro tema. La invención/conquista de América supuso, efectivamente, la destrucción del sistema de comunicación indígena a manos de una nueva tecnología de la palabra infinitamente más poderosa –escritura incluida-. La española fue una “victoria semiológica” que tuvo en Cortés a su locutor y ejecutante privilegiado.
No es que el lenguaje de los vencidos no fuese rico en extremo.
Después de Sapir y Whorf o de Berlin y Kay, ya nadie puede ilusionarse con la existencia de idiomas mejores que otros. El evolucionismo ramplón, junto con otras manifestaciones del etnocentrlsmo, está entrando, por fin, en el cielo del olvido.
De hecho los Aztecas fueron consumados expertos en el arte de interpretar. Toda su historia actualiza antiguas profecías, como si ningún hecho pudiera ocurrir a menos de haber sido previamente anunciado. En una sociedad en la cual la palabra Orden todo lo regía, el ritual y la preeminencia de lo social eran ineludibles. El individuo no construía su porvenir, éste le venía revelado. Quienes vivían en un mundo de estas características no se preguntaban -como sí lo harán los conquistadores y los revolucionarios modernos tras su huella- ¿qué hacer?, sino ¿cómo saber?
Por ello aún cuando Moctezuma establece un magistral sistema de información que le permite conocer paso a paso el desplazamiento de los intrusos, dando cuenta del estado de las cosas, rehusa sistemáticamente ponerse en contacto con ellos, lo que implicaría realizar una acción sobre los otros por medio de los signos. Su parálisis/mudez al ser notificado del interés creciente de los conquistadores por conocerlo simboliza su futura derrota. Renunciando a la palabra, después de haber sido el dueño de la lengua y del porvenir, delata su imposibilidad en cuanto a controlar el comportamiento de los extranjeros y adelanta su derrota final.
Comprender para destrulr mejor
El choque cultural del mundo indígena ritualizado con un hecho único e imprevisible paraliza al soberano indígena. la improvisación -arte en el que descollan Cortés y los españoles-es ajena a su mundo dominado por el ritual. El ingrediente central que derrumbará al imperio azteca, sin por ello desconocer !as explicaciones tradicionales que invocan el temperamento melancólico del soberano, las disensiones internas y la supremacía del armamento español, será la posesión de información adecuada por parte de los conquistadores: su habilidad en cuanto a mejorar hasta límites insospechados la comunicación de los hombres entre sí -explotando las discrepancias y los odios que sólo son expresables por su intermedio.
Los aztecas privilegiaban el contacto con el mundo y las representaciones religiosas. Los españoles no renegarán del contacto con su propia divinidad, pero ésta poseerá, en contraposición a las religiones paganas, el peculiar rasgo de la universalidad y el igualitarismo, lo que la vuelve radicalmente intolerantes. He aquí el hecho decisivo de la conquista ya que, hasta ahora la intransigencia siempre ha logrado vencer a la tolerancia -aunque soñemos que algún día lo inverso sucederá.
Cortés entendió a Moctezuma mucho mejor que éste a aquél, algo que se tradujo en su admiración por las realizaciones materiales y simbólicas de los aztecas. Esta fascinación no fue, empero, sino un espejismo incapaz de trascender la superficie de las cosas. Los indígenas sujetos de estas obras nunca fueron reconocidos por Cortés como individualidades humanas capaces de ocupar un mismo plano que el habitado por el conquistador. Comprender y al mismo tiempo destruir –comprender para destruir mejor- no es por lo tanto un rasgo psicopátlco individual.
Lo que vemos surgir con/en Cortés es una nueva constelación cultural inédita en la historia humana. El “español/-destructor» es el nuevo hombre de la modernidad -el antecedente lejano de los »trepadores de la pirámide” contemporáneos, de los exterminadores y de los «cazadores de androides» del futuro.
Sus excesos de crueldad -al igual que los cometidos por sus émulos actuales en la eufemísticamente bautizada «guerra sucia» de los ejércitos de seguridad nacional contra las guerrillas -son incomprensibles en términos de mera avidez o de un «instinto de crueldad». Hay que verlos, antes bien, como la exteriorización de una nueva forma de «convivencia» social (sic) que expulsa hacia la periferia, a veces interior, a los Otros, construyendo la propia identidad a partir de su exterminio,
La sociedad española ostenta el dudoso privilegio de ser la primera sociedad-masacradora de la historia. En el corto período entre 1500-1550 exterminó a 70 millones de individuos. La masacre -a diferencia de la muerte ritualizada practicada por los aztecas, que tampoco cabe idealizar, es una muerte atea. Inventada por los españoles, sirvió de fuente inspiradora para los gulags y gobiernos militares contemporáneos que abrevaron, con fruición, en sus monstruosas enseñanzas. La regla karamazoviana de los conquistadores: «Todo está permitido” presidió ambos tipos de exterminios masivos,
Lejos del poder central, y de las autoridades legitimantes y legitimadas, todas las prohibiciones se desvanecen. Los lazos sociales se disuelven dejando al descubierto -no a una naturaleza primitivas ino al ser mismo de la modernidad, carente de moral alguna, que goza matando, reiterado paroxísticamente en el Alex de La Naranja Mecánica: ( … ) la barbarie de los españoles no tiene nada de atávica o de animal; es bien humana y anuncia e1 advenimiento de los tiempos modernos (2)
El retorno de los dioses post-seculares
Toda barbarie se paga siempre. A veces con una barbarie peor. (3) En ilustradas ocasiones -con una comprensión infinita por parte de los vencidos de ayer y los vencedores, efímeros, de hoy.
La historia moderna va, lamentablemente, por otros carriles actualizando el valor del testamento profético de Bartolomé de Las Casas: «( … ) creo que a causa de estas obras impíaas e ignominiosas, perpetradas en forma tan injusta, tiránica y bárbara, Dios esparcerá por España [por todos los países colonialistas e imperialistas] su furor e ira porque toda ella, mucho o poco, ha tomado su parte en las riquezas sangrantes usurpadas al precio de tantas ruinas y exterminio«.
Para que esta historia sangrienta, revivida por nuestro país en la década de 1970, no retorne compulsivamenle, conviene tener siempre bien viva la memoria de la masacre/invención de América ya que este jirón ejemplar de nuestro pasado revela cuantas monstruosidades ocurren cuando no se puede, o no se quiere, reconocer al Otro en su alteridad. La conquista americana señala el inicio del incontenible proceso europeo de asimilar a los otros devorándoles su identidad (4).
El instrumento privilegiado de esta asimilación fue la habilidad incomparable de los europeos de entender al otro para destruirlo mejor. Los españoles ganaron finalmente la guerra por su superioridad en la comunicación inter-humana. Su victoria fue y sigue siendo, empero, problemática. Al practicar tipos múltiples de comunicación, privilegiando, sin embargo, el contacto humano por encima de los vínculos con la naturaleza, sus «hazañas» asestaron, al mismo tiempo, una profunda herida a nuestra capacidad de estar en armonía con el mundo cortando asi la pertenencia del hombre a la gran cadena de lo viviente. Hoy casi cinco siglos más tarde recién empezamos a remontar esta cuesta a través de un reencantamiento del mundo.
Ni los fascismos ni las burocracias socialistas europeas, ni los Estados burocrático-autoritarios latinoamerlcanos pudieron, ni tampoco quisieron, restablecer ese contacto perdido con la naturaleza. Todas estas experiencias modernas han combinado lo peor de nuestras ilusiones al yuxtaponer los terrores de las sociedades de masacre y los de los rituales sacrificiales en un híbrido, único y espeluznante: las sociedades de sacrificio-en-masa. Habiendo visto tanta “maldad organizada» no cabe duda de que el silencio de los Dioses planea hoy tanto sobre las ruinas del campo indígena cuanto sobre el culposo suelo eurocéntrico.

Los conquistadores, al imponerse por las armas, mataron, al mismo tiempo, la posibilidad de abrirse a lo sagrado. De un extremo a otro la modernidad es testimonio de esta victoria pírrica. Ningún discurso terso acerca de las ventajas de la post-modernidad podrá empero barrer con ese lacerante pasado. No podemos negar la conquista, como tampoco podemos negar Auschwitz, Hiroshima o el terror de Estado. No se trata de meros extravíos de la razón, forman parte de su costura y ningún exorcismo impedirá que nuevas versiones aggiornadas y mas terroríficas no vuelvan en el futuro. A menos que … (5)
A menos que nos tomemos en serio la lección. Que dejemos de lado los maniqueísmos y los esencialismos, el dogmatismo y la intolerancia que tuvieron en la conquista a su bautismo y en las expediciones antropológicas de los siglos XIX y XX a sus versiones edulcoradas.
Estamos por ir a las estrellas. Los futuros Cortés, Pizarro, Nuñez de Vaca, Magallanes, Valdivia y de Mendoza, están haciendo hoy sus palotes en la escuela para reeditar la aventura mas fascinante de la especie: trascender nuestros orígenes, ir mas allá de los límites en los que la biología y la historia la aherrojan, inventarnos un futuro siempre distinto.
Recuperemos de los conquistadores españoles su intrepidez, su afán de aventura, sus sueños indomables, su necesidad de búsqueda. Repudiemos, empero, enfáticamente, su espíritu exterminador, su codicia, su fanatismo por el lucro, su desprecio de los otros. Si logramos vivir y crear en el hueco impuesto por esta tensión podremos entonces reescribir la historia de nuestra América, es decir re-inventarla, en una clave distinta que no necesite del sacrificio para exorcizar la violencla, ni de la muerte de Dios para no tener que rendir cuentas a nadie de nuestra barbarie.
Entonces no hará falta matar al Padre, ni retorcernos vanamente en lamentaciones culposas o en grandezas imaginarias. Tarea majestuosa si las hay porque: ¿cómo olvidar tanto dolor, cómo ignorar tanta tragedia, cómo trasmutar en energía creadora tantos deseos de revancha y de venganza? Tarea inevitable si queremos hacer de este mundo un sitio mas hospitalario, un trampolín hacia otros confines de la creación. Rumbo a las estrellas.
Referencias
1 O’Gorman, E., La invención de América, FCE, México, 1977, pág. 135.
2 Todorov, T., La conquista de América. La cuestión del otro, Siglo XX1. México, 1987, pág. 150.
3 Delacampagne, C. Racismo y Occidente, Argos Vergara, Barcelona, 1983.
4 Wachtel, N La visión de los vencidos. Los indios del Perú ante la conquista española, Alianza, Madrid, 1980.
5 Varios autores, En marge. L’occident et ses autres, Aubier, Par is, 1978.
6 Restall, Matthew Cuando Moctezuma conoció a Cortes. La verdad del encuentro que cambió a la historia. Taurus, 2019
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