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Wittgenstein y el decreto de muerte del tiempo y la historia

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El pensamiento light está de moda, muy de moda. Cada día leemos, vemos y sospechamos pavadas magistrales. Los pensadores del verano (de la vida) son -practicamente sin que haya que salvar ninguna distancia- Grondona y Bucay, Coelho y Lanata. Es por ello que toparse con pesados como Wittgenstein o Nietzsche, Foucault o Guattari, Deleuze o Canetti, Beckett o Ionesco desarma al que mas y al que menos. A continuación una semblanza apasionada y asquerosita de Ludwig Wittgenstein.


Moda o castigo, para alegría o para desazón, la cuestión de la modernidad/post-modernidad quiere clasificar sin resto a todo pensador que se precie a un lado u otro de esta barra sin resto. Ante tamaña presión simbólica no hay héroe, mártir pero tampoco molusco intelectual -de los que pululan por Argentinium- capaz de resistirse.

Particularmente desgraciados a manos de este descuartizamiento intelectual se encuentran quienes, en un afán de politeísmo o polimorfismo -cultural o sexual poco importa, cuando ambas cosas no se confunden en una, como fue el caso de Ludwig Wittgenstein nacido en Viena en 1889 y muerto en Cambridge, Inglaterra en 1951- nunca están allí donde se los buscan. Son esos que no contestan lo que se le preguntan, que no hacen profesión de fe ni de nihilismo, que fueron y siguen siendo y que revelan la enorme verg¸enza ajena de esta comienzo de milenio pasotista que nos ha tocado vivir.

En esta tarea de errancia, de difuminación permanente, de intemperancia frente a los desatinos recibidos y aquellos por recibir, Wittgenstein descolló, refugiándose bajo una caparazón frente a la cual los exegetas de distinto cuño -académicos, moralistas, cuidadosos de la incontaminación disciplinaria, rescatadores de los grandes valores intemporales- continúan rebotando ante un frontón inconmovible.

Muchos estuvieron interesados en blanquear al personaje. Entre ellos albaceas y familiares que pulcramente escondieron durante décadas, no sólo las tendencias sino también las prácticas abiertamente homosexuales del genio a mediados de la década de 1920. Tenemos también a los disecadores de cadáveres filosóficos que dividen su obra en un antes –Wittgenstein I-, el del Tractatus, el lógico, el científico, el serio, el merecedor de los elogios mas maravillosos por haber ayudado a co-fundar la moderna lógica matemática, y a afinar el bendito criterio de demarcación que separaría inequívocamente a la ciencia de la metafísica, y un después –Wittgenstein II-, apasionado, desprolijo, relativista, constructivista, que en vez de atar el lenguaje a los confines del mundo, obligó al mundo a someterse a los dictados -casi siempre perversos- del lenguaje.

También escupieron sobre su tumba aquellos que -al haber destacado el vienés el carácter convencional de los rituales y la socialización científica- lo acusaron de reaccionario y retrógrado. Contactarlo supone atravesar los ríos de tinta de su pléyade de comentaristas -la industria filosófica que consiste en vivir de los dichos ajenos multiplicando por cien la vida fácil de uno que apenas pudo sobrevivir- que continúan enredando una sola frase bajo mantos de asociaciones que nos prometen -para nunca cumplir- decirnos la verdad (oculta) del maestro silencioso.

Su obra mayormente póstuma, fragmentaria, epigramática, inapresable -como la de Nietzsche, Bataille, Lichtenberg, Foucault, etc.- se resiste, empecinadamente a convertirse en sistema, eppur: su hilo conductor se presenta obstinado: se trata de la crítica del lenguaje a traves del lenguaje.

Criticando a Louis Frazer antrópologo de fines del siglo pasado Wittgenstein sostuvo: en nuestro lenguaje está anclada toda una mitología, reconocimiento certero de que todo nuestro lenguaje está plagado de mitos, y de que éstos son tan poderosos como para extraviar constantemente a la reflexión, al punto de hacer tomar por serios esos monumentos al delirio que son los sistemas filosóficos -asi como tantos otros consejos acerca del buen vivir.

La actividad filosófica de Wittgenstein fue un esfuerzo -destinado conscientemente al fracaso- de liberarnos de las pesadillas que el lenguaje le hace vivir a la razón. Su conversión filosófica -el pasaje del Tractatus (1921) a las Investigaciones Filosóficas (1945 y 1949)- consistió en pasar de contemplar el lenguaje desde la lógica a contemplar cualquier cosa, incluida la lógica, desde el lenguaje.

La filosofía tradicional -que es casi toda la filosofía para Wittgenstein- frecuenta las falsas analogías y las generalizaciones vacías, reifica, se parece a la magia: la proposición tal o cual nos seduce al punto tal que llegamos a pensar que dentro suyo hay algo tan extraordinario como hasta hace poco lo fue la convertibilidad.

La filosofía es el deporte de lo profundo, tarea plebeya si las hay porque lo profundo es tan sólo una creación nuestra que termina dominándonos. La filosofía tradicional -esa que tiene su caricatura mas patética en un Julian Marías, en un docente de Filosofía y Letras, en un investigador del Conicet, en un archivista a la búsqueda nada borgeana de un conectivo perdido- no hace mas que «inflar» los pecados del lenguaje, convirtiéndose en cosmología, maquillando los equívocos que nacen una vez que nos despegamos del uso trivial del lenguaje.

øCuán vienesa es esta preocupación por los poderes y límites del lenguaje? Enorme si recordamos la crítica a la reificación de los conceptos científicos, filosóficos, políticos y religiosos en Franz Mauthner, la denuncia del realismo físico en Ernst Mach, y su influencia en Hugo von Hoffmannstahl, Robert Musil, Hans Kelsen, Bogdanov, Otto Neurath, Alfred Einstein, Henry James.ø Y cuán vienesa es nuestra actitud frente al lenguaje hoy -y por extensión cual es la «actualidad» inactual de Wittgenstein en el debate modernidad/post-modernidad? Aquí las fronteras se vuelven mas borrosas. (Por favor tragarse para todo esto el libro de Alan Janik & Stephen Toulmin. La Viena de Wittgenstein (Taurus, 1973), que nadie se indigestara).

En una entrevista realizada a principios de 1989, J.G.Ballard, sostuvo: «(..) el tiempo en un sentido estricto se está muriendo. Probablemente la primer víctima de Hiroshima y Nagasaki fue el concepto de futuro. Estariamos viviendo al final del tiempo, en un espacio contraido y contrahecho al maximo, aherrojados en un eterno presente«.

Algunos -como por ejemplo Gilles Lipovetzky– llaman a este corte era del vacio, de lo falso, del absurdo, términos equivalentes para designar la insignificancia, la atemporalidad, la desteologizacion y la muerte de los fines y del sentido. A primera vista nos hallaríamos en las antípodas de la Viena de Wittgenstein, un lugar en «donde toda persona instruida discutía sobre filosofía y consideraba que las conclusiones centrales del pensamiento kantiano se ajustaban precisamente a sus propios intereses«.

øSerá el fin del tiempo el fin de la filosofía, o no se tratará mas bien de su eterno re-comenzar, de sus metamorfosis infinitas, de sus eternos corsi e ricorsi? La obra de Wittgenstein junto a algunos de sus comentaristas heterodoxos como William Warren Bartley III, Javier Sábada, Allan Janik y Stephen Toulmin, David Bloor y Derek L. Phillips– nos muestra que, detrás de la lógica de la ilusión están la psicología y la sociología de la ilusión.

En este sentido su obra nos puede ayudar a revelar qué ilusiones están detrás de este decreto de muerte del tiempo, y en que medida el lenguaje, una vez mas juega a las escondidas con nuestra razón. Ubicuos, fugitivos, huidizos sus análisis escapan constantemente a la trampa mortal de las divisiones maniqueas, y ocupan juguetonamente los casilleros de lo moderno y lo post-moderno, según necesidad, según nuestra necesidad.

Como hoy sostienen los profetas de la auto-organización, las descripciones dicen mucho mas acerca de nosotros mismos, que acerca del mundo que dicen (decimos) representar. Wittgenstein abrió un sendero que permitió la reaparición del observador, la reemergencia de la subjetividad, la alianza entre la pasión y la razon. Y así como Stanley Kubrick en 2001, no temió saltar por encima de millones de años de historia mostrando como las naves espaciales del siglo XXI ócontinuación de ese primer hueso lanzado esplendorsamente hacia el espacio como prueba de gratitud a la invención de la herramientaó son capaces de danzar al compás de los valses decimonónicos de Johann Strauss, a nosotros no debe temblarnos la voz en cuanto a reconocer que la «pauta que conecta» no está en el universo, a menos que el observador -que es parte del universo- la ubique en él. Y que esa pauta es en el lenguaje, y el lenguaje nos crea y nosotros creamos al lenguaje y la circularidad -tan bien entrevista por Wittgenstein- es lo mas preciado de la humanidad.

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